Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

miércoles, 21 de mayo de 2008

Manual para operar socialmente al revés


Recuéstese en un frío suelo, por ejemplo en una iglesia con su losería desgastada. Tápese un ojo y mire al crucero, tiene claramente un símbolo sumatorio. A continuación destape el cerrado y vuelva a posar su mano en el ojo restante. Con idéntico resultado. Abra los ojos como si fuera una estatua carcomida por siglos y verá un mismo símbolo al cuadrado.

Ahora que está elevado a tal potencia y la sangre le riega de pies a cabeza como un movimiento del arena chocando contra la mar, puede empezar sustrayendo los mundos conocidos y dividirlos por su percepción metafísica. Se repelen, ¿verdad? Acaba usted de encontrar la famosa Indeterminación.

Seguidamente, hunda los pies en las aguas bendecidas por su cura-pajarraco-párroco e intente aguantar la respiración de sus pies. Cuente despacio los segundos. Aplique una progresión aritmética (n+3) para compensar. Puede usted detenerse.

Cuando la losería gélida le paralice hasta el tuétano, encomiéndese a la Virgen del Perpetuo Socorro y halle el resultado de la raíz cuadrada de la Virgen.

Seguramente habrá pasado dos días de inconsciencia y del paso obligado por las ruinas del Purgatorio recientemente clausurado por el Papa. Si la respuesta que masculla es Socorro, le recomiendo un par de años de abstinencia carnal.

Las operaciones necesarias entre ostias y ostias consagradas, cuando el cura tiene un valor de 0, dan lugar a un ateísmo atroz. Por eso los celíacos no podrán jamás aspirar a nada en el estamento eclesiástico.

Realice este ejercicio una vez cada domingo a las 12 de la mañana en la parroquia de su elección.

Eso sí, no olvide marcar la casilla de la Iglesia en su próxima declaración de la Renta. Así contribuirá al sostenimiento de las operaciones financieras a las que un día, y con este manual, usted podrá optar.

martes, 20 de mayo de 2008

Manual para desempolvarse una herida


Abra las cicatrices de vez en cuando y extraiga una espina del tamaño de un gran recuerdo del pasado. Átelo dos veces a un cordel y sáquelo a pasear (se recomienda en un lugar fresco y seco, cerca de unos ritmos latidos, que acabaron sin músicos ni percusionistas) para que no olvide quién es usted y lo que esa herida significó.


Luego, en la paz de su casa dirá: "La espina ha crecido, Señor Narrador Puteante, y ya no entra de nuevo en mí". En ese momento proceda usted a llamar a su gato doméstico, perro, alimaña o monstruo de debajo de la cama, por supuesto, también doméstico o acogido a la pax romana y dele de comer aquel resto vetusto de usted mismo.


Llegó a usted, en ese esfuerzo por darse lástima en su curación acelerada, unas cuantas de fotitos pequeñitas con besitos y pamplinitas que en otros tiempecitos fueron preciositas. ¡Ay el amor diminutivo! Ya sabías que tu camino era un superlativo para tus superlativas ganas de amar. (NO. No voy a quitar esta mierda de frase ñoña).


Ahora mientras acaricia el monstruo devorador de los puntos que una vez le causaron un colapso sanguinolento, encontrará una paz sabiendo que el sistema digestivo de otro ser está triturando lo que a usted le costó un tiempo o dos tiempos o cientos de tiempos en expulsar y convertirlo en abono no no no. Pues eso. NO.

jueves, 8 de mayo de 2008

CARA o qué. No, sólo CRUZ de navajas....


Hubo un sitio una vez en mis recuerdos que se remontan a una noche que valió por todas.

Y corrí un velo tan negro que si hoy me acuerdo es porque he sido atropellado por una de esas canciones que duelen al oído.

Invoco, pues, casi al terrible dios Ctulthu que se me presenta españolizado con la cara de un yonki con el torso desnudo, los pechos de una menor mancillada y las piernas de leche de una prostituta vieja, pero vieja vieja.

Ahora que sudo pensando en lo que pudo pasar y que presentí, como la famosa película del final de nuestros días aderezado la alucinación con la reveladora estrofa de Mecano "cruz de navajas por una mujer/ brillos mortales despuntan al alba/ sangres que tiñen de malva/ el amanecer". Pensé en que la donación al pavimento de mi masa encefálica que ya colgaba casi del espanto, iba a ser instantánea, ¡oh, ritual barato de momificación ciudarrealeña, que hace de mis vísceras un bocadillo de los chinos a las 3 de la mañana en la Gran Vía de Madrid! Y no pasó, no pasó...

Pienso constantemente en una habitación de un pasillo que intuí, ¡como si en otra vida hubiera sido cliente de aquel prostíbulo! Intuí por la creciente tensión, sexual, violenta, hacia mis ojos, hacia mis otros ojos amigos, de que todos seríamos sacrificados en un último canto del cisne.

Obligados a poner la garganta mientras practicábamos una felación al micrófono infesto que se pasaban como un miserable porro entre las babosas hediondas, primates, ¡perdonad animalillos!

Por supuesto, no pagué nada, beber en una ciénaga es más recomendable que posar tus labios vírgenes de todo mal sobre aquellos vasos o botellas impregnadas del recuerdo de horas de sesiones sadomasoquistas o falangistas. Y recuerdo que nada me hacía gracia, y eso que suelo reírme bastante. E imaginaba un final triste para todos. De pronto una subida de corriente entra por la puerta, sube por la barra, quema los sillones y sus pelos púbicos adheridos, regenerándose en un vengador sexual de la inocencia y el decoro perdido, convirtiendo en un infierno terrestre aquel trozo de delincuencia inmaculado por siglos y siglos de constante involución.

Si no miré hacia atrás cuando uno de esos leviatanes me retó a una pelea de gallos fue porque tuve miedo. Tuve miedo a la posibilidad de que al encontrar sus pupilas tan entornadas, tan fuera de sí (tengo la firmeza de que nunca han estado dentro) ni siquiera esa locura interminable me hiciera despertar de la pesadilla aquella.