Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

martes, 29 de julio de 2008

Un paso más un paso es igual al mismo paso repetido


Eras un ser de rutinas hasta que repetiste todos tus pasos y te encontraste justo de nuevo en el punto de salida. Acababas de penetrar en el portal en que todas las noches veías follando a varios espectros. Una vez tu fuiste uno de ellos.

La noche llega a un punto donde apenas es reconocible. La respiración es casual. Te atropella el sueño con sus oprobios, sus fantasías eróticas. Es manifestada la calle en una pintada donde te avisa que te des la vuelta y renuncies al amor. Y ya hace tiempo que deambulas por ese callejón de palabras grapadas a la puerta del centro cultural silencioso. ¡Das lástima, sabes!

En la calle tú eres lo más íntimo de una fruta, y te retuerces en tus propios zumos cerebrales, intentando sanarte como la manzana hija de puta. Sabes, en dos telediarios vas a cagarte de nuevo en todo y tú sólo acabarás perdiendo la cabeza por tu vecino que ni siquiera has visto y que ni sabes que existes.

Si sales a la calle no olvides hoy afilar tus dientes, comerás todas las aceras, vas a lastimarte como nadie te jodió en la vida. Los coches tienen la vía libre, tanto que hoy cruzan libremente por el campo o en las autopistas de la información, llegando a ti allá donde tú seas capaz de iluminarte.

Te gustan los huevos con bechamel -y yo me sumo a tu doctrina culinaria- pero las huellas hoy no pasan por la plaza que tanto has gastado con tus respiraciones y risas histriónicas. En dos horas estarás a punto de comenzar un sendero que ya hiciste y que hoy has decidido variar dentro de las dos o tres opciones de viajes combinados que todos los días te propones como una agencia de viajes con pérdida de maleta incluida. Sin posibilidad de reclamarte.

jueves, 17 de julio de 2008

Liberalizaciones del verano


El calor de julio que sentí al ver un bebé jugando con la insolación. Cogiendo sus padres las sombras y quedándoselas sólo para ellos. ¡Zas! y sucumbieron en los bolsillos, todas secuestradas. Los periódicos de la calle, inundada por el gentío, hacían las veces de pequeños toldos para nuestras pesadillas que bajaban silenciosamente por los edificios. Luego iban a cenar las sobras a un psiquiátrico donde automáticamente arrinconaron a éste o aquél que no querían, que no deberían haberse violentado con sus otras visiones protectoras. Luego ya sedados, terminaron sus bocados, jirones, tapas, raciones de cordura.


Mientras paseaban la Señora Equis, Marquesa de menos Y, y Archimboldo, su secretario, parecían entorpecer al verano, ya que de la mano portaban una sombrilla amenazante con plantarla donde fuera. Sol quebrado de miedo, era de esa clase de soles que prefieren o todo o nada. Plantas y animales como mineros con lámparas, cobraban la fotosíntesis demasiada cara para el aguante de muchos. Murieron los primeros. Luego las rocas robaron la franquicia y murieron más que los anteriores, helados de necesidad. Así la Marquesa y Archimboldo parecían triunfar. No pasó demasiado tiempo cuando ambos necesitaron de luz y siendo la única vela, su llama demasiado pequeña, exigió la Señora un sacrificio acorde a su posición. Archimboldo prendió su vela que besó la moqueta y la estancia de aquella mansión colosal, cruzando raudo las fauces de los condenados a la helada existencia, retando al Sol a un duelo imposible. Ganó la Tierra por dos liberalizaciones a una. La Luna ardió buscando refugió en los periódicos de la calle del gentío azul que fueron catapultados a la estrella que abrasando cada uno de nuestros tiernos ojos cerrados por vacaciones, sintió muy dura la soledad y por eso fue por lo que acabó debajo de las noticias y de paso iluminando como nuestras pesadillas, agolpadas en el alféizar de todas y cada una de las ventanas, nos devoraban los mejores momentos de lucidez.


"Yo acabo cada noche despierto entre sudores fríos por las visiones socialmente inaceptables que me está produciendo mi cordura"

lunes, 14 de julio de 2008

Deconstrucción a base de monomios

A veces siento un metro destrozándome la columna. Y se apean las sensaciones grises oscuras que van conformando las huellas, marcas de tu visita.

Si me siento como un cadáver, como un yonqui que se pierde entre vapores chabolistas, con un color tenue de vida es porque fugaz, inquieta, una sombra me devuelve el espejismo de Edgar Alan Poe. Círculos concéntricos son los segundos precipitados a un cubo con un tortuga que marca las once y media. La hora fatídica marca las doce en punto en tu coño.

Después de esa hora y cuando aún no me he repuesto de la desesperanza de sentir la uretra completamente exiliada, llegan de nuevo tus ojos y luego viene todo el resto de ti o de mí, indistinguibles.

Siempre el suelo es conductor de un deseo que no es de nadie ni de nosotros, ni del termómetro asfixiado en rojo, aunque remonte toda la historia de tus sábanas y necesite apropiárselas.

Ubicuidad del cincuenta por ciento de mis hijos que fecunda cada gota de sudor de los cuadros incrustados en los pinceles.

Eternidad de mierda, la que respira una foto con un tacón clavado en el centro. Sangra, sangra el instante. Despedido de tus pies adquirió, antes del asesinato, la obsesión del boomerang y lo despisté en el último momento gritando mis horas muertas.

Echo de menos el desierto, el que me hacía trasnochar al raso entre los plafones de mi infancia, en el que se perdieron casi todas las tristes manos deshechas por la lluvia del niño de la piel muerta.

Echo de menos aquella triste felicidad de mi abuela, de mi casa, de mi mundo escondido. Y porque la echo de menos no dejaría más que se posase entre mi ceño, afeado de tanto fruncirse.