Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

sábado, 2 de agosto de 2008

El caramelo de una desconocida

"XXX" se sentó en un sillón, alguna vez testigo de noches blancas, y yo hice lo mismo en la otra punta de la estancia. Hablamos, como quien esculpe las formas de la nada, de los grupúsculos de terrorismo que aún resisten en cada una de nuestras extremidades. Ella aseguraba que sus abrazos eran sogas de todos sus amantes, reos de aquel patíbulo, y sus piernas tatuadas el dolor de una muerta envenenada.

Expuso, con la vehemencia de la que se cree con la verdad única, que entre dos cuerpos unidos no queda un límite necesario de libertad individual y que follar era rebajarse como mujer y sus conquistas históricas. "Polla andante, voy a quitarte esta noche la idea erótica de tu mente" aseguró.

Le pregunté cómo podía canalizar el deseo si éste era demasiado poderoso. "XX" simplemente me hizo un gesto obsceno. No le gustaban las réplicas. Me escuchó de todos modos. Las voces la apabullaban, parecía que se le erizaba el vello y quedaba bloqueada, como quien se hace árbol y se camufla bajo la hojarasca de años.

Tuve una ocurrencia que a ella pareció crearle algún interés. Me permití sugerirle que en la distancia dos cuerpos se pueden sentir desconocidos y que ella, que estaba en la otra punta de la habitación, parecía diluirse en el profundidad de aquel pasillo enorme. (Hacía exactamente dos horas y media que nos encontramos) ¡Acércate pero no vayas a hacer nada, sólo habla! soltó, recelosa. Y el camino que iba desde donde estaba yo hasta situarme frente a ella, lo pasé hablando en alto, como queriendo no sentirse sola durante esa transición.

Llegó el momento en que "X" me miró justo a las pupilas, y lo convirtió en algo extraordinario. Tenía los ojos muy marcados, nerviosos, huidizos, como aquel que despierta a la vida y se deslumbra. ¿Te das sustos a ti mismo?, preguntó. Y no me dejó responderla cuando ella me señaló un biombo en el que se escondía frente a un espejo, por lo que cuando salía transformada en otra, vestida de mamarracha, le palpitaba tanto el corazón que rozaba el exilio de su cuerpo.

Se hacía tarde, y esa tarde llamada noche y el condón que tenía preparado nos fuimos rodando por donde vinimos. Sólo me quedé un momento más para intentar dejarla impresionada, recordando una película de Rohmer "Mi noche con Maud" que estaba convencido que había visto.

"Lo de esta noche no volverá a ocurrir jamás" dije.

"Mañana vendrás y ocuparás ese sillón. Estoy convencidísima. No habrá que esperar a que seas padre" me respondió divertida dejando mi voluntad por los suelos. Ella sabía mejor que yo, que así iba a ser durante un tiempo.

Recuerdo cómo conocí a Natalia. Seguramente fui una molestia para ella. Tenía ese aire de ser la única mujer de la noche, en que salí a desahogarme, que no pretendía aparentar absolutamente nada ni justificar su embobamiento, sólo miraba fuera de sí misma y yo quise saber desde cuándo.