Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Moho (Amor sin fronteras)

Hoy he leído la noticia esperanzadora de que un hombre ha muerto ahogado al aguantar la respiración. Sólo porque él lo deseó.

Así, porque yo lo quise, el hacha recorrió mi tronco, tentada por las rugosidades, de pegar una dentellada sobre la médula. Así mi piel se abre como un libro tosco, cosido, dolorido de tanto leerse. Así, mi melena apaña la sangre que nunca lloré. Y es cuando el cráneo da dolor de cabeza a la conciencia. Protegido me desprotejo ante las manchas sociales que ocultaron mi ombligo, donde otros crecieron y murieron anonadados.

El amor es un espejo donde un notario saca a la luz nuestros peores defectos, nuestras deformidades mentales, la brisa, el fin del mundo, la austera soledad. El amor es vivir con uno mismo toda una vida y no llamar a un taxidermista para extirpar lo censurable. El amor no es carnal, sino un milagro de gotas pesadas como una condena sin años pero con días sueltos.

Y cuando escuché que las desnudas oportunidades me reclamaban lúbrico, huí sin tiempo para embutirme en la piel de aquellas bestias abandonadas en el mismo instante en que una de ellas se precipitaba por abismos de la noche entera, cinco minutos antes de ser eterna.

Las manos H U E C A S , a merced de las corrientes que dejan las despedidas, me elevaron al rigor mortis, con la bella sonrisa que mostré aquella vez que arrastraron el piano en Un chien andalou.

Divagué, aún lo hago, al igual que el rodeo que daba a tu casa para verme canalizado por el agua de los pisos superiores, que me limpiaban las tripas mejor que en una matanza.

A los pies de mi propia tumba que se hizo para inmortalizar la estupidez, mis manos descosían la enredadera que yo mismo me encargué de sembrar en los ojos de la mujer que más me quiso. En la lápida leí, "Aquí yace un ser insustancial, necesitado de manos y murallas tan altas como el mejor sexo".

Cuando resucité al tercer día, según la chuleta que me pasaron en el examen oral, en pocos segundos mintieron a mi "Ka" de un modo grosero. La línea recta no era el modo más rápido entre dos deseos. Y cuando "B" vive en un imposible sueño, "A" se pierde y pide que una luz incendie las ruinas del mejor trayecto donde jugar a las distancias y recuerdos indelebles.

Mientras llega la apocalíptica catarsis...¡que me perdone el amor si no supe enmohecerme!