Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

jueves, 11 de septiembre de 2008

Lo que intentan los rayos cuando nos visitan


Serpenteaba la gota recorriendo el cristal amenazada por una tormenta única y exclusiva que se desarrollaba en la terraza de su casa. Serpenteaba un rayo bifurcado en cientos de direcciones sin idas ni vueltas llamando con su grave eco, la descarga o eyaculación telúrica.

Sobresaltada por otra de esas llamadas de titanes alejados en el tiempo, los sueños se olvidaron y los ojos azuzados por un escalofrío se entreabrieron y dejaron ver su cuerpo desnudo. Aproximándose a sus pechos una sábana que parecía un cordón umbilical, se hundía en los pliegues carnales como depositaria de un recuerdo de la hojarasca en la que se fundió anoche.

Llevando consigo todo lo que Morfeo puso en su nuca adelantó un pie y luego arrastró el otro, sus pasos cogieron velocidad al llegar a la ventana golpeada por el trópico. Allí estaba la figura más eterna y fugaz que se habría creado. Una imagen que repetida por los espejos, regalos de enemigos que la quisieron mal, que la quisieron hasta desaparecerse en ellos, creaban de ella un símil de una rama ahogada en un charco donde iban a parar la savia de sus propias venas.

Cruzó la puerta y sintió un abrazo casi mortal que le recorría desde el pie, todo el carnoso muslo y se incrustaba, como la mano que trota en busca de su deseo en uno de sus pezones desafiantes, le arrancó media vida y tiró para sacarle aquella vida que le restaba. No lo consiguió poseyéndola por el cuello, inmovilizándola con la furia de un abrazo tierno.

Hubo un secuestro. El mayor de todos los que se han podido asentar en un libro dorado. Esa noche la figura espectral, que esperó el encuentro, la luz destelleante que en un instante había colapsado la ciudad, tuvo el plácet de la figura semi-desnuda, abandonada hasta la eternidad, que invitó a la mano que desciende del cielo miles de veces en una noche menuda, para arrebatar el instante o la vida según el deseo del huésped.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Leí, integré y compatí contigo estas palabras... ¿Todo bien? por mi parte sí... Besos