Advertencia para cualquier lector-reflector humano

La poesía no puede ser piedra angular de ti
la poesía no podrá ser siquiera un poco de arena
la poesía quema o destruye la sangre cauta
la corrompida sangre la vuelve tinta
pintando con nuestra vida las hojas en blanco
por eso el miedo acecha mi cuerpo
por eso mi teclado es la espada de Damocles
así concibo los labios definitivos y rosas
de mis manos, de las caricias como espadas.
Así, brevemente, a tí, Reflector Humano
oía como me dictabas un deseo.

Bienvenido

denguecortos@hotmail.com

viernes, 19 de octubre de 2007

¿De qué color tiene la sombra una sombra?


Me he rendido. Sí. Acabo de sentarme en el suelo mientras todos ruedan por las calles que conocí un día y que ahora ya son innombrables.

"¿Qué le pasa al tío este?" Os podríais preguntar. He buscado de nuevo un trozo de la soga que corté para acordarme de los momentos que merecían un tirón fortísimo. Me he petrificado en la esquina sobre los lloros de una fuente seca. He caminado con mis pies al rojo vivo haciendo poesía visual con cada recorte inesperado. He provocado la risa de los que tenían sus bocas cosidas por el desencanto. He creado varias leyes inservibles que me prohibieran tocar el pavimento y trepé las paredes asaltando las intimidades de las lagartijas amantes, mancillando el honor de una monja sin vocación, desnuda sólo en su espejo.

He creado una canción que una vez fue un silbido sin compás y ahora todos la bailamos entre máscaras e hipocresía. He vivido sin más, sin menos, sin...mas, he vivido.

Camino buscando un color que fuera mi guía sin rumbo por esta ciudad, del verde contenedor de la verde verde sonrisa de la farola verde. Llego a tu casa, tu odio aterciopelado y miradas enterradas en el verde apagado de la sombra de una lechuga cualquiera que sembramos hace exactamente dos millones ciento cincuenta mil pestañeos.

Me adentro como una aguja en la carne, en el dolor de verme sin jugo, apelmazado a la idea del silencio, a la histérica gratitud de unas hienas amigas de la infancia. ¡Pobres, pobres!

Quise contarte, porque no sé si terminaré estas letras antes de sumirme en una alegría tan profunda que me entierre de por vida, que una vez quise, o dos, o mil, pero Dos o Una o Mil no me derrotaron mi voluntad. ¡Tontas todas!

¿Veamos cual de las calles se pliegan antes para mí? Umm. Ninguna. Me tocará dividir entonces mi cuerpo, bifurcarlo peligrosamente, porque uno se llevará mis ilusiones y otro se irá con lo que soy.

En la calle estúpidamente calle, farolamente calle, cocheava calle a la derecha, seguido a la esquina de la sombra del suelo, he atado una soga alrededor de mi sonrisa y el otro extremo al árbol que dejé un momento atado a esa acera. Veo las velocidades asesinas que vienen a cortar mis hebras tensas, pero morirán todas, ¡me entristece pero lo harán!, yo mismo las conduzco con mi barata bifurcación cerebral, agónica y cerebral, firme. Durísima.

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